lunes, 16 de enero de 2012

De vuelta con bagaje.




"La sensación que guardo de aquellos días en Amsterdam es la de dos calaveras pálidas paseando al borde del canal."
Salí del hostel y agarré mi bicicleta de paseo. En el laberinto rojo (pero esto  no es el Soho) de la ciudad y por el filo de las aceras otros como yo escogen la bicicleta para la incursión de cada día. Esperando en una glorieta, viendo pasar los coches y las motos y otras bicis y el autobús, recordé los versos del poeta,

La muchacha boca abajo
jadea y llora
sola. 

Pero no es ella, no es ella me repito y reanudo la marcha hacia el colegio en que doy clases de español a muchachos y muchachas de entre doce y quince años. Pedaleo cada vez con más fuerza, más rabia, más frecuencia, nada pesa y nada se interpone en mi camino, pero sigo sin poder zafarme de aquello que comenzó siendo mero cabo (fin o principio del ovillo) del que el cerebro ha ido tirando y con el que ha ido atándome, inmovilizándome. Y paralizado frente al canal de Herengracht vuelve

Inmóvil y tibia, la memoria de su sangre y de su lágrima.

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